Casa Jacinto, digo… Casa Ciriaco

Hace unos años, en una osadía de las mías, intenté escribir yo sola un blog. Publicaba experiencias, viajes, recetas de cocina pensamientos… Una escueta entrada de aquella aventura se tituló Cosas que me hacen feliz. En ella, preguntaba a los posibles lectores qué cosas les hacían ser felices, pero felices de verdad, cosas que por sí mismas les hacían sentir bien, les cambiaban el ánimo. Al mismo tiempo yo describía tres cosas que me hacían, y hacen, ser feliz.

Lo primero que nombraba era ir a un concierto, pero tiene que ser de esos en los que no paras de saltar, gritar y dar palmas, en el que lo das todo (he de ser sincera y decir que hace tiempo que no voy a uno así).

Lo segundo: cocinar para los amigos, no solo soy feliz haciéndolo sino que me relaja, me concentro en ello y me olvido del resto del mundo.

Y lo tercero (y no lo escribí en orden de felicidad, ni mucho menos) era ir a Ciriaco, tomarme una caña y que Jacinto me pusiera una empanadilla sin que yo le dijera nada, porque sabía que me encantaban.

Hoy me he enterado de que Jacinto ya no podrá ponerme la caña, ni darme la empanadilla. ¡Y solo me quedaban dos semanas para volver a pisar el suelo de Ciriaco y verle detrás de la barra! Verle, no solo sirviendo, sino también sonriendo benévolamente con las barbaridades de los de la mesa de la esquina. Verle bajando a la bodega, disfrazado con una peluca horrorosa de Caperucita Roja que sin rechistar se colocó en la cabeza o haciendo de funcionario de Correos donde alguien va y hace un giro. Verle, cómo se esmeraba haciendo la cuenta, sumando caña tras caña, de manera que siempre resultara el mismo importe. Verle, ya sin la corbata ni la chaqueta del uniforme y preguntando si era la penúltima, mientras la clientela que cerraba el local se arrastraba inundada en zumo de cebada.

Parece que él ha decidido tomarse la última. Lo que espero que se imagine es cuánto le echaremos de menos.

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